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"En el Senado de
los Estados Unidos hay un maltratador.
El cónyuge de ese
maltratador ha sido víctima de repetidos ataques
violentos, aunque la violencia de ese senador no
ha sido condenada. Irónicamente, ese senador,
que actualmente es una de las personas más
polémicas de la vida pública estadounidense, se
ha librado de la reprobación por la única cosa
que tanto sus detractores como sus admiradores
consideran realmente inexcusable: la violencia
doméstica.
¿Quién es ese
perpetrador de violencia doméstica? La senadora
por Nueva York, Hillary Clinton.
Las pruebas que
inculpan a la Sra. Clinton son sólidas. Según
Gail Sheehy, admiradora biógrafa de Hillary y
autora de "La opción de Hillary", uno de los
ataques domésticos contra Bill Clinton tuvo
lugar en 1993, cuando Hillary clavó sus largas
uñas en el rostro de Bill Clinton, "dejando la
huella de un profundo arañazo a lo largo de su
mandíbula".
El incidente se
explicó primero como un "accidente del
afeitado", y posteriormente se trató de echar la
culpa a Socks, el gato. Dada la importancia de
la lesión, ninguna de las explicaciones resultó
convincente. La Sra. Dee Dee Myers, portavoz de
la Casa Blanca en aquel momento, explicó más
tarde a Sheehy que el violento acceso de celos
de Hillary había sido motivado por la visita de
la cantante Barbara Streisand a la Casa Blanca.
Según Christopher
Andersen, autor de "Bill y Hillary", el 13 de
agosto de 1999, Hillary atacó nuevamente a Bill,
al hacerse públicas sus relaciones con Monica
Lewinsky. Andersen escribe:
"...el
Presidente..., llorando, le pidió perdón. Gran
parte de lo que ocurrió después entre Bill y
Hillary Clinton resultó plenamente audible para
los agentes del servicio secreto y el personal
doméstico desde los pasillos. En el pasado,
Hillary había arrojado libros y un cenicero al
Presidente, en ambas ocasiones, dando en el
blanco... Hillary se puso de puntillas y le dio
una bofetada suficientemente fuerte para dejar
una huella roja perfectamente visible para los
agentes del servicio secreto cuando el
Presidente salió de la habitación.
"Estúpido,
estúpido, estúpido hijo de puta", gritó Hillary.
Sus palabras, proferidas en el chillón y
estridente tono que, con los años, llegó a ser
familiar para el personal de la Casa Blanca,
resonaron en el pasillo."
Sheehy hace un
relato similar del incidente, y añade que Linda
Bloodworth-Thomasen, amiga de Hillary, que se
hallaba con su marido en las cercanas
habitaciones privadas "pensó que era formidable
que Hillary 'le arrease un puñetazo en la
cabeza'".
La Oficina para
las Víctimas de Delitos del Departamento de
Justicia de los Estados Unidos clasifica esta
clase de agresiones -arañazos, bofetadas,
golpes, lanzamiento de objetos, provocación de
heridas o contusiones- como "maltrato físico" y
violencia doméstica.
Bill Clinton trató
el incidente de una forma que recuerda
extrañamente la actitud de muchas mujeres
víctimas de violencia doméstica en la época pre-feminista.
Avergonzado, hizo lo posible por ocultar lo
ocurrido, incluso ordenando a sus representantes
que dieran coartada públicamente a la violencia
de su mujer. Probablemente se consideró a sí
mismo culpable de "provocarla", como si la
infidelidad marital justificase las agresiones
físicas. También es casi seguro que nunca se
planteó la posibilidad de llamar a la policía o
denunciar a su maltratadora.
La reacción del
público ha sido del tipo "¿qué hizó él para
ponerla fuera de sí?", una actitud de "echar la
culpa a la víctima" que sería inmediatamente
reconocida y condenada si se invirtiesen los
sexos de víctima y perpetrador. La cobertura
mediática de los incidentes se limitó casi
exclusivamente a unos cuantos chistes en los
programas televisivos y radiofónicos de
madrugada. Al relatar las agresiones, ni Sheehy
ni Andersen utilizan la expresión "violencia
doméstica" ni desaprueban en modo alguno los
ataques de Hillary. Huelga decir que la reacción
habría sido muy distinta si la esposa del
Presidente hubiese aparecido en público con
heridas en su cara.
Tampoco se
mencionó el incidente durante la campaña de
Hillary para el Senado en 2000. De hecho, fue el
ex alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, quien
cargó con las críticas públicas como mal esposo
por su fracaso matrimonial, mientras que apenas
se prestó atención al hecho de que su oponente
electoral era una conocida maltratadora.
Lo ocurrido a los
Clinton demuestra que, a pesar del abrumadora
cantidad de investigaciones que demuestran que
hombres y mujeres inician y perpetran por igual
actos de violencia doméstica, gran parte del
público sigue fiel al caduco y desacreditado
concepto que equipara la violencia doméstica con
las agresiones a la mujer.
Irónicamente, la
propia senadora Clinton se ha referido a la
violencia doméstica en numerosas ocasiones, y ha
prestado su apoyo a la campaña contra la
violencia doméstica sufragada con 100 millones
de dólares del Fondo de Prevención de la
Violencia Familiar. El lema de la campaña es:
"No hay excusa para la violencia doméstica".
¿Cuál es la excusa
de la senadora Clinton?"
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