AZULFUERTE
Asociación contra la Discriminación por razón de Sexo

 
 
 
 
 
 

TRIBUNA LIBRE

[continuación]
 

A finales de 1974 ya me había dado cuenta de que no se podía prestar apoyo general al movimiento feminista inglés por su radical odio a la vida familiar y a los hombres. Sabía que buscaban una causa legítima para justificar su odio a los varones y obtener ayuda económica. Pronto inventaron lemas tales como 'todas las mujeres son víctimas inocentes de la violencia de los hombres' y difundieron cifras falsas para dar legitimidad a su intento, coronado por el éxito, de adueñarse del movimiento contra la violencia doméstica. 

Sólo ahora, 30 años más tarde, empezamos a descorrer las cortinas políticas que impedían ver la causa de la violencia existente en la intimidad del hogar. Con frecuencia, los hombres son los peores enemigos de sí mismos cuando se trata de identificar el comportamiento violento de las mujeres. La mayoría de ellos son renuentes a reconocer la violencia de su pareja, y tratan de excusar el comportamiento violento de la mujer atribuyéndolo a un estado de nerviosismo o a la tensión premenstrual.  Además, los hombres saben que admitir que las mujeres los maltratan da pie al ridículo y a la incredulidad. Mi padre, con una estatura de 1’85 m, vivía atemorizado ante mi madre. Ella era una mujer menuda, de 1’44 m, pero sus accesos de cólera eran aterradores. Cualquier intento de investigar el comportamiento violento de las mujeres trae consigo amenazas de violencia. Susan Steinmetz, que escribió el primer libro sobre mujeres maltratadas, recibió amenazas de muerte, no sólo dirigidas a ella, sino también a sus hijos. Yo también fui perseguida y, finalmente, opté por el exilio político. Por entonces, la violencia doméstica era ya una industria de un millón de dólares y la negativa a tener en cuenta los problemas de los hombres obedecía en parte al deseo de no compartir ese filón. Durante mi estancia en los Estados Unidos atendí casos de pedofilia en los que eran tantas las mujeres como los hombres que habían abusado de niños. Ahora sabemos que las relaciones entre mujeres son las más violentas de todas, lo que quita todo sentido al lema 'todos los hombres son maltratadores'. Todavía en la última conferencia de AMEN, celebrada en Dublín con asistentes de ambos sexos, fuí acusada de 'echar la culpa a la víctima' cuando hablé acerca del comportamiento violento de las mujeres. ¿Por qué debe haber conferencias, programas de televisión y periódicos dedicados a examinar la violencia de los hombres y una censura estricta de esas fuentes de información cuando se refieren a la violencia de las mujeres? 

Cuando abrí el primer albergue que existió en el mundo para víctimas de la violencia, creía que los hombres y las mujeres trabajarían juntos en el intento de erradicar la violencia en la familia. Entonces creía, al igual que ahora, que la violencia es un modelo de comportamiento aprendido en los años de la infancia. En mi trabajo, enseño que todos nosotros interiorizamos la personalidad de nuestros padres, y que el bien que ellos siembran al comienzo de nuestras vidas nos ayuda a ser personas afectuosas y generosas. Si lo que interiorizamos es la violencia de nuestros padres y carecemos de ayuda para extirpar lo que hemos asimilado, es probable que acabemos repitiendo sus trágicas tendencias. Creo que, sólo con que Women’s Aid de Dublin uniese sus fuerzas con AMEN, el más importante grupo del mundo de ayuda a los hombres maltratados, podrían lograrse grandes avances. La violencia es parte de la condición humana, y siempre necesitaremos albergues para las víctimas que huyen de ella.  Si los dos brazos de las soluciones a la violencia familiar pudiesen unir sus fuerzas, el mensaje resultante sería muy positivo para otros albergues en todo el mundo. El mensaje sería que, en este nuevo milenio, los hombres y las mujeres pueden deponer sus armas y forjar con ellas rejas para arar y plantar la herencia de las generaciones futuras. Esas generaciones serán nuestro legado a un mundo en paz.

© Erin Pizzey. (Artículo publicado en el Irish Times, el 9 de junio de 2000).

 

 

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